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GANADORA DEL I CONCURSO DE FANFICTION “ALAS DE PAPEL”


Después de mucho leer los fanfics que nos habéis mandado, el jurado a llegado a una conclusión y el ganador es “Un minusculo detalle” de Eva Tirado,basado en Elisa Dido, de Cristóbal de Virués. ¡ENHORABUENA EVA!

Os dejamos con un pedazo de su fanfic, pero recordad que podréis leer el fanfic completo en las V Jornadas de Manga y Ocio Alternativo de Burgos los días 11 y 12 de Julio en el Hangar y en las bibliotecas de los diferentes centros cívicos de la ciudad a partir del día 12.

 

Un minúsculo detalle

Cartago dormitaba bajo una noche agradable, arropada en un sentimiento de seguridad y alegría más que evidente.

La guerra, el asedio había dado a su fin, y la era en la que la ciudad sería aliada de aquellos que hasta entonces habían amenazado con conquistarla se entreveía amanecer al concluir esa noche. La trágica muerte de su soberana había sacudido como un mazazo asestado por los mismísimos dioses a los habitantes de la ciudad. Lágrimas se habían derramado, sollozos y lamentos angustiados habían cortado el aire, y el luto había empezado a vestir los corazones de aquellos que habían amado a su reina, que no eran pocos.

Aquella tristeza, sin embargo, no tenía parangón comparada con la sensación de alivio, de regocijo. Resultaba mucho más sencillo pensar en el mañana ahora que el ejército de Yarbas no estaba afincado a las puertas de la ciudad, amenazando con derrumbar las puertas e inundar las calles con una marea de sangre y acero. La gente lloraba y maldecía el destino que había marcado el punto final del camino de Dido; al mismo tiempo lo agradecía, por haberles conducido a la paz y a un futuro mejor parecido. O a un futuro, a secas.

La brisa arrastraba de vez en cuando polvo y arena. Cuando rozaba sus mejillas, Ismeria, con los ojos entrecerrados, imaginaba que era ceniza. Era algo más acorde con su humor ensombrecido.

La antigua camarera de la reina estaba sola en una de las balconadas del palacio. Una túnica de luto abrazaba su esbelta figura y un profundo pesar, su alma. Ella, al contrario que el resto de Cartago, era incapaz de hallar un sentimiento que contrarrestara su tristeza. Aún tenía grabada a fuego en las retinas la escena que habían encontrado al abrir las puertas del templo, y cada vez que regresaba a su mente de forma más vívida, el corazón se le encogía en el pecho. En ningún momento se le había pasado por la cabeza que Dido amara tan intensamente a su difunto marido y a su pueblo, que estuviera dispuesta a sacrificarse para serle fiel a ambos. Que usara la espada que Yarbas le diera como muestra de aprecio para quitarse la vida y conseguir así la paz sin dejar de ser una devota esposa era una idea que solo podría haber surgido de sus pesadillas.

Se lamentaba no haber sido capaz de adivinar las intenciones de la reina; incluso, se lo recriminaba a sí misma. La conocía mejor que nadie, era su camarera, su confidente. Y cuando le había dicho que todo aquel asunto estaba solucionado, lo único que había llegado a pensar era que había decidido continuar su camino abandonando por fin el fantasma de Siqueo.

Ah, qué ciega había estado. Qué ciega, y qué sorda, y qué descuidada.

Escuchó pasos a su espalda y, sin darse la vuelta, supo que quien acudía a la balconada era Delbora. A juzgar por su premura, era probable que hubiera estado buscándola. Desde que habían abierto las puertas del templo y habían descubierto a Dido, el filo de la espada enterrado en su pecho, apenas habían intercambiado algunas palabras. Aquello, sin duda, había inquietado a su amiga, dado que después del tiempo que habían pasado juntas sabía que no era una persona precisamente callada.

Ismeria no saludó. Apoyó los brazos en la barandilla y esperó a que Delbora se uniera a ella, contemplando la ciudad bajo las estrellas. Las nubes empañaban la luz del cielo, algo que le parecía bastante apropiado para las circunstancias. Habría considerado impropio que el día en el que la soberana hubiera fallecido —no, se corrigió, el día en el que la soberana se hubiera sacrificado—, los dioses y la naturaleza se mostraran en todo su esplendor, como si nada hubiese ocurrido. Apenas unas semanas atrás, la bóveda celeste había sido acuchillada por un cometa del color de la sangre, y recordaba haberle pedido a Júpiter que si era, como todo el mundo suponía, un anuncio de desgracia, esta no recayera sobre su reina o Cartago. En aquel orden, porque Dido era mucho más importante para ella que la ciudad que se extendía a sus pies.

 

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